El insomnio constituye una de las quejas más frecuentes en las consultas pediátricas y de psicología infantil.

Tipos de insomnio
a) Insomnio debido a hábitos incorrectos
Es el más frecuente en niños pequeños. Se estima que alrededor del 30% de la población infantil lo sufriría en algún grado.
Con cierta frecuencia, muchos padres suelen explicar que el niño nunca ha dormido bien y que desde el primer día han existido numerosos episodios de despertares nocturnos además de dificultad para que el niño inicie el sueño sólo.
En este tipo de casos es muy habitual que el origen del problema se deba a la adquisición de hábitos adquiridos, consentidos y reforzados por los propios padres o, en su defecto, por los cuidadores de turno.
La sobreprotección parental o la incoherencia normativa (falta de criterios unificados por parte de las personas que cuidan al niño) juegan un papel importante en el inicio de la resistencia a acostarse.
Suele aparecer en lactantes de seis meses hasta niños de cinco años, produciendo una considerable distorsión de su propio sueño y el de sus padres.
Las consecuencias a corto-medio plazo son la irritabilidad, la dependencia de la madre y, a largo plazo, trastornos del desarrollo por la alteración en la secreción de la hormona del crecimiento. En el seno de la familia se puede desarrollar rechazo del niño, inseguridad e incluso agresividad (Estivill, 1.998).
Un niño que a los cinco años no ha superado su problema de insomnio tiene más posibilidades de sufrir trastornos de sueño cuando sea mayor que otro que duerma bien.
Se supone que un niño con cinco años tiene ya la capacidad para entender perfectamente lo que le piden los padres (que intente dormir toda la noche en su cama y no salga de la habitación). Si el niño sigue incapaz de controlar el sueño a esta edad, es posible que aparezcan asociados problemas de otra índole (sonambulismo, pesadillas, etc.).
Parece ser que el tratamiento más efectivo (sino el único) eficaz es el denominado reeducación de los hábitos de sueño mediante técnicas conductuales. En especial el método de las aproximaciones sucesivas descrito inicialmente por Ferber (1.993) y que más adelante se expone (orientaciones para el tratamiento del insomnio infantil).
b) Insomnio por causas psicológicas
Otras causas a tener en cuenta en la aparición del insomnio son las de tipo psicológico. En este caso, el tratamiento debe dirigirse más a solucionar el problema que causa la ansiedad.
Cuando el insomnio aparece en un determinado momento del desarrollo del niño, sin historia previa de episodios, puede tratarse de insomnio transitorio producido por una pluralidad de factores que aumentan la vulnerabilidad a padecerlo. Entre otros, el grado de activación, los estilos cognitivos obsesivos, problemas puntuales en el terreno emocional, familiar, social o escolar.
También hay que valorar los factores mantenedores del problema tales como los malos hábitos de sueño (dormir demasiado, fuera de las horas, con cambios frecuentes en la hora de acostarse y levantarse, actividades incompatibles con el sueño, consumo de estimulantes, siestas durante el día, etc.).
Las consecuencias del insomnio pueden producir al día siguiente fatiga, alteraciones del estado de ánimo y problemas de rendimiento en todos los ámbitos. Por tanto, especialmente cuando es persistente en el tiempo, se recomienda que sea evaluado por un profesional de la salud.
Algunos estudios relacionan los episodios de insomnio recurrentes en la infancia con una vulnerabilidad significativa a padecer trastornos depresivos en la etapa adulta.
c) Insomnio psicofisiológico
Se trata de un tipo de insomnio aprendido que se desarrolla como consecuencia de una tensión condicionada y somatizada. Por ejemplo, situaciones que se repiten y en los que se da una asociación de problemas de sueño con estímulos situacionales (cama, dormitorio, ruido…) o temporales (hora de acostarse) lo que provoca una activación condicionada, a veces en forma de ansiedad anticipatoria, que es incompatible con la conciliación del sueño.
Los individuos con este tipo de insomnio reaccionan frente al estrés somatizando la ansiedad con agitación, aumento de la tensión muscular, etc. La consecuencia es una dificultad importante para conseguir el sueño.
Se produce con mayor proporción en la adolescencia y juventud.
d) Insomnio producido por alergia a los alimentos
Se ha descrito principalmente en niños, se caracteriza por una marcada disminución del tiempo total del sueño, sin que ningún tratamiento logre solucionar el problema. Es posible que la alergia no se manifiesta con ningún otro síntoma y, por tanto, sea de difícil detección.
Normalmente está relacionada con la alergia a algún componente de la leche de vaca. Si este fuera el caso, la sustitución por una leche hipoalergénica resolvería el problema en un plazo de 1 a 4 semanas.
e) Insomnio ideopático
Relacionado con una alteración leve de los mecanismos neurológicos básicos del sueño-vigilia. Suele originarse en la infancia y es una de las formas más persistentes.
Orientaciones para el tratamiento del insomnio
Nos centraremos básicamente en el insomnio por causas psicológicas y el debido a malos hábitos adquiridos.
En el primer caso es evidente que cuando las causas se ubican en factores externos (acontecimientos recientes que se viven con estrés, cambios de colegio, malos tratos, etc.), es importante efectuar una evaluación completa de los mismos y saber como están afectando al funcionamiento cotidiano del niño. El tratamiento, según el caso, se ajustará con el fin de minimizar los factores desencadenantes, al tiempo que debemos proveer al niño de mecanismos útiles para poder afrontarlos con la mayor eficacia. Al respecto pueden utilizarse las diferentes técnicas cognitivo-conductuales (desensibilización, entrenamiento en autoinstrucciones, relajación, intención paradójica, etc.). Sin embargo, deberá tenerse en cuenta la edad del niño y/o su capacidad para entender las instrucciones.
Algunos autores (Hauri y Linde, 1.992) han diseñado una serie de ejercicios físicos sencillos que realizados antes de acostarse, eliminan la tensión y facilitan el sueño. Estos ejercicios combinan balanceos de las extremidades, giros de la cabeza, estiramientos y automasaje en la cabeza.
Se asume que cualquier ejercicio de relajación muscular o mental previa al sueño puede ser un buen inductor del mismo.
Como forma de cierre y despedida del post del día de hoy quiero resaltar la importancia de adquirir una rutina con horarios bien establecidos. Así como también la presencia de los padres acompañando al niño de los primeros años a su cama. Evitar la televisión y juegos audiovisuales durante la noche.
Intentar en familia que el irse a la cama a dormir sea un buen momento de encuentro para ello los papás pueden leerle un cuento, charlar sobre lo que se hará al día siguiente, darle besos y desearles buenas noches, transmitirles paz y cariño y que el niño o niña se vaya a dormir de manera relajada.
Cualquier inquietud realizen consultas con profesionales.
Saludos!!!
Lourdes Quinteiros
Psicopedagoga